El Caserío de Icor: una meditación
 

 

 

 

 

 

 

 

Hace ya al gunos años vi por vez primera el caserío de ICOR. Era en aquella época en que ir al sur de la isla presentaba algo más que una epopeya. La carretera serpenteando a media ladera. Horas y horas de guagua; parada y bocadillo. Quizás por un sentido emocional tuve una gran atracción por aquellas antiguas casas. Parientes ya lejanos habían nacido en el árido sur muy cerca de estas zonas y de seguro cien años atrás recorriendo las piedras de los caminos y estuvieron en aquellas casonas y posiblemente hasta ayudaron a recoger cosechas.

En aquellos años de mi primera visita el caserío me encontraba en embrión, era sólo un chiquillo que iba de excursión y no había en mí casi nada para poder apreciar la arquitectura, el paisaje, los caminos y las fincas, era imposible que pudiera sentir el profundo pálpito que la morfología de casas y caminos transpiraba en los límpidos aires de ICOR.Sería más tarde, mucho más tarde, casi treinta años después cuando visitaría el caserío y me pusiera a meditar ante sus viejas piedras, ante los cantos de toba blanca, ante las increíbles escaleras y los tímidos balconcillos. Tuve que leer lo poco que entonces había publicado sobre la arquitectura nuestra; haber sufrido la experiencia de MASCA, sintiendo el lamento de las gentes entre taza y taza de café de exquisita porcelana china; dormir en los colchones de hoja de maíz; sentir el fuerte viento sobre los frágiles tejados, que levantaba hibrones y enzarzados de caña; caminar sus pesadas pendientes; compartir los ordeños de cabras y los guisos de ñames y ser partícipe silencioso en las tertulias de la venta, donde el lamento del campesino se torna drama casi sin personajes, porque la tierra era el único protagonista de esa tragedia en tres actos: nacimiento, emigración y vuelta al lugar estéril.Y este drama se repite en todos los pequeños lugares perdidos, yo diría escondidos, de nuestra geografía. Este drama se presenta en Tierras del Trigo en Teno, en Aripe y en Chirche, en el Lomo de las Bodegas o en Chamorga, en ICOR o en Masca. Es sencillamente la huida de los que pueden huir y el sentimiento de impotencia de los que quedan. La casa y los campos abandonados y los pequeños bancales semillados para una subsistencia, junto a la casa remendada a punto de caer.Cuando volví a ICOR, sólo una anciana con una belleza fuera de lo común, con la falda negra y la blusa de simétrica vegetación, el delantal a rayas y el negro pañuelo anudado a la nuca, atendió mis preguntas. Justo en el umbral, pelando papas menudas, medio meditando y medio balbuceando una canción, pasaba como todas las mañanas las primeras horas de su soledad de siempre. Esta soledad iba a darnos la medida exacta de la propia soledad del caserío.Por la vieja carretera del Sur algún que otro coche camino de Arico o Güimar. Abajo la autopista, cómplice entre el mar y la montaña, y culpable de aquella soledad. El cartel de teléfono público con su fondo azul carcomido; las puertas y ventanas herméticas, madera con madera, como si hubieran vuelto a ser árbol, sin rendijas. Las viejas piedras, la blanca toba, las desgastadas escaleras, los rotos cristales, las tejas corridas hacedoras de nidos. La hierba, matojo seco, entre las blancas lajas de los patios. Los goros sin cochinos, los gallineros sin aves, las cuevas vaciadas en la tosca sin barriles de vino. Las atarjeas secas rellenas de tierra y pedruscos del último año que llovió. El silencio, el impresionante silencio roto a veces por el juego del perro con la anciana... ...ĄSaale peeerro!Bajo las escaleras, o en algún lugar sombrío, la antigua destiladera con el musgo y el culantrillo reseco, blanco. Las piedras de lavar con el brillo de miles de sábanas y de pantalones de trabajo, luciendo en sus rincones alguna mala hierba. Arriba la montaña insolente que fue vigía de mejores momentos. Abajo, bancales de toba amarillenta, sosteniendo por vicio tierras que nadie ama, que nadie cuida y que a nadie interesan.Por esto y por muchas cosas más me gustaría rendir un homenaje a aquella anciana solitaria que pelaba las papas menudas en el umbral de su casa. Y que este homenaje fuera también para todos esos ancianos rotos e ignorados que a golpe de azada y a punta de aguja han hecho posible la vida real. Por último que estas letras sirvan de grato recuerdo para Alfonso Trujillo que tan bien supo hacer la historia de sus islas, como profesor, como investigador y como amigo y que un día dejó roto un espacio en el tiempo canario, espacio que difícilmente podemos llenar.Se me antoja que este breve trabajo debe ser de otra forma a la que tradicionalmente estamos acostumbrados. He meditado mucho y me parece que la gente de apié precisa de otro lenguaje a veces. Quizás un tono literario un sentimiento puesto entre la letra y la realidad, nos ayudaría algo más a entendernos. Y como precisamente este es un trabajo, una pequeña aportación a un homenaje a Alfonso que con la letra supo hacer un lenguaje exquisito y a quién gustaba comentar los artículos de prensa y hablar de las cosas cotidianas, se me antoja, repito, que este breve trabajo debe estar despojado de ese ropaje universitario, a veces engolada, muchas otras vacío o que no llega, inexpresivo y casi intraducible. Un lacónico informe de habitantes y fechas, de cultivos y casas, carece de humanidad y se aproxima a un programa estadístico y el autor se convierte en un pulsador de teclas o en hacedor de fichas perforadas. Para eso habrá tiempo, otro día, cuando nos pesen los kilos de tesis doctoral y nos corrijan las faltas de acentuación o los errores mecanográficos.Por eso se me antoja escribir estas páginas con rigor pero con distensión. Como diría aquel viejo sabio-inculto de mi infancia, "a la pata la llana pero con los pies limpios".Es así que para hablar de ICOR hemos dejado la chaqueta en el coche y en el bolsillo nuestro carnet de identidad. Hemos dejado el título universitario colgado en la pared de los recuerdos y de esta forma, anónimos y sin prejuicios entramos vereda hacia delante para escuchar lo que nos dicen los caminos, los muros y las casas; las ventanas y los grandes fechillos de las puertas; las hierbas y las zarzas que ocultan las entradas e incluso el murmullo, mitad canción y otra mitad palabra, de la solitaria anciana icorera que dialoga a hurtadillas con su perro.